Otra contribución desde “el aprendizaje en tiempos de pandemia”, esta vez de la mano de Inés Velez, alumna de 1º de Integración Social, diurno, con un stop que le ha permitido poder compartir sus reflexiones en este relato. Gracias por esa mirada al mundo.

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En éstas circunstancias que nos ha tocado vivir, no ha habido distinción entre pobres y ricos, entre países desarrollados o subdesarrollados, no ha preguntado a qué religión pertenecíamos o si éramos ateos, no ha tenido en cuenta el salario de cada ciudadano o el prestigio social del que disfrutábamos cada uno…

Ese corte limpio y puro, todos hemos sido cortados por el mismo patrón, nadie se salva de sentir miedo, de sentirse vulnerable o frágil. ¿Cuántas veces hemos leído que hay que valorar las pequeñas cosas de la vida? ¿Que las cosas ordinarias eran las verdaderamente extraordinarias? 

Vivimos en un mundo donde todos vamos corriendo por la vida, muchas veces sin saber muy bien ni siquiera qué es lo que queremos alcanzar, pero corriendo, porque es el ritmo que nos impone la sociedad. Una larga carrera de velocidad. Vivimos en un mundo donde prima el individualismo y el egoísmo por la satisfacción personal. Yo, yo, yo, yo, y después yo.

Vivimos en un mundo donde leer un cuento a nuestros hermanos pequeños por las noches, sin prisa, se convierte en un ejercicio de autocontrol.

Vivimos en un mundo donde comer o cenar con nuestras familias, mirándonos a los ojos en vez de a las pantallas de nuestros móviles, y escuchándonos de verdad, se convierte en una utopía. Pero la pausa se ha impuesto, la vida nos ha regalado envuelto en papel de tragedia uno de los bienes más preciados, uno que además no se puede comprar: tiempo.

Ese tiempo de regalo viene con una vacuna directa para nuestro ego, la solidaridad, la responsabilidad y el altruismo social.

Hoy nos toca a cada uno de nosotros hacer renuncias por el bien común, pensar en los demás incluso antes que en nosotros mismos.

Nuestra función es pensar, reflexionar, aprender y sacar sobresaliente de esta lección que tenemos que aprender, no cabe duda de que, cuando esto lo superemos y nuestra salud ya no esté en riesgo, como sociedad, seremos mucho mejores, como personas, habremos crecido, y a muchos de nosotros se nos habrá caído una venda de los ojos, y por fin, veremos, disfrutaremos y valoraremos las cosas tan bonitas que tiene la vida. Ojalá cuando salgamos a la calle, andemos más despacio, miremos a los ojos a nuestros vecinos en el ascensor y les sonriamos, ojalá bajemos el ritmo de nuestras carreras y empecemos a pasear por la vida. 

Ojalá nos demos cuenta que aquello por lo que tanto corríamos y perseguíamos sin aliento, estaba mucho más cerca de lo que pensábamos, estaba quizá, encerrado entre cuatro paredes, estaba quizá, dentro de nosotros mismos: nuestra felicidad”